Sri Lanka, el país de las sensaciones

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Hay países que se te pegan al alma, que se van contigo una vez que te despides de ellos aunque no te des cuenta. Y Sri Lanka es uno de ellos.

Después de viajar a la pequeña lágrima de India volverás a casa con cientos de sonrisas que te habrán regalado sus habitantes, las más dulces de los cingaleses, las más orgullosas de los tamales del Este. Te llevarás contigo el rojo apasionado de Sigiriya, esa roca prodigiosa donde un antiguo monarca decidió hacer un palacio, y es de desear que dejes atrás el inevitable miedo que provocan las enormes colmenas de abejas que custodian su subida. En este país prodigioso algunos todavía creen que son soldados que protegen las posesiones del antiguo rey.

Te costará quitarte de encima la sensación abrumadora de bañarte en el Índico. Si vas al sur, en las turísticas pero aun así impresionantes playas de Unawatuna y Mirissa, donde puedes cenar casi en la orilla del mar a precios que no podrás creer, y alojarte en cabañas de madera donde las mosquiteras dejan de parecerte románticas al ver el tamaño de los insectos srilankeños… Si apuestas por el este, la zona más paradisiaca del país, te costará elegir entre tantas y tantas playas que parecen salidas de una revista de viajes: Trincomalee, Uppuveli, Nilaveli…

Si tus pasos te llevan al norte tienes que visitar las increíbles plantaciones de té. Los ingleses siguen escogiendo el té de Sri Lanka sobre todos los demás de sus antiguas colonias, y en cuestión de tés su autoridad es poco cuestionable. Pero no olvides hacer una parada algo más prosaica en la fábrica de The North Face, donde podrás comprar a un precio que… bueno, digamos que te sorprenderá.

Pero en Sri Lanka no todo es playa y té. Su riqueza cultural, marcada por las dos etnias mayoritarias, la cingalesa y la tamil, budista e hinduista, respectivamente, es abrumadora. Empieza el recorrido en Kandy, porque nadie debe visitar este país sin recorrer el Templo del Diente del Buda. Es casi el Vaticano del budismo ya que, según la leyenda, cuando Buda murió alguien rescató de la pira uno de sus dientes, que tras muchos vaivenes terminó en Kandy, donde esta reliquia, una de las más sagradas del budismo, atrae a miles y miles de fieles cada año. Es tan importante la reliquia que las medidas de seguridad para acceder al templo son increíbles: con arco de seguridad. Qué enorme contraste con los templos hinduistas del este, donde no se cobra entrada siquiera. En territorio tamal la espiritualidad cambia notablemente, dejamos al apacible Buda para entrar en tierra de Shiva, mucho menos afable, al menos en sus representaciones. Pero pese a la guerra civil que enfrentó a las dos etnias y a sus profundas diferencias, tienen algún pequeño dios en común, ya se sabe que el roce hace el cariño.

Hay tantas cosas que ver en Sri Lanka, como las antiguas ciudades imperiales, que tienen su propio circuito turístico… pero no olvides detenerte en alguno de sus jardines botánicos. Seguramente te guíe un médico, porque allí antes de empezar a ejercer tienen que aprender los secretos de las plantas medicinales. Unas terminan con el vello, otras con la psoriasis y las hay que, aseguran, ayudan a luchar contra el cáncer.

Y en medio de este lío de cultura, religión, playas increíbles, insectos enormes y palacios rojos sobre las rocas… no olvides que estás en un paraíso natural en el que animales maravillosos como los elefantes viven en reservas para protegerlos del maltrato, pero mucho ojo, porque en muchas los explotan turísticamente, evitadlas.

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